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Soy Laura, y la vida me prestó a Juan Francisco (2 años, 9 meses) y a Josué (2 meses, 2 semanas) para ser testigo de que estamos en el mundo para crecer y a ayudar al crecimiento de quienes nos rodean. Soy dominicana, pero hasta hoy, mi experiencia como mamá la he vivido en la ciudad de Nueva York.

 

Mi historia de madre lactante empezó sin dificultad. Para ser sincera, la lactancia nunca me preocupó. Sentía que era de las pocas cosas que estaban bajo mi control. A diferencia del embarazo y el parto, ya que en este país las intervenciones médicas (a veces innecesarias), son muy comunes.  Desde los 5 meses de mi primer embarazo ya había evidencia de calostro en mi ropa interior… y ropa exterior… y sábanas… Eso fue de gran motivación para iniciar esta travesía.

JuanFra se pegó del seno a sólo unos minutos de haber nacido. Recuperó el peso que perdió al nacer en muy poco tiempo. De ahí en adelante nunca nos preocupamos por su peso, crecimiento o alimentación. De hecho (y todavía no entiendo por qué), la gente se sorprendía cuando decía que sólo le daba el pecho.  

 Gran parte del éxito del establecimiento de la lactancia se la debo a mi jefe. En los Estados Unidos no existe la licencia de maternidad como tal. Hay un “seguro de discapacidad” a corto y largo plazo, que sólo cubre el salario completo por seis semanas después del parto. Mi jefe me permitió llevar los niños a la oficina por tiempo indefinido. Es decir, desde las seis semanas hasta los siete meses estuve con “muchacho en canguro”. Por tanto, durante los primeros meses no fue necesario extraer, crear banco de leche, ni nada por el estilo. Muchacho hambriento, muchacho en pecho.

Cuando JuanFra cumplió aproximadamente 4 meses empezamos a notar que al evacuar, habían pequeños “rastros” de sangre en el pañal. ¡Histeria!

Como se han de imaginar, tuvimos visitas a la sala de emergencia, incontables llamadas a la pediatra y eternas consultas a Dr. Google. Después de mucho indagar, llegamos a la conclusión de que el niño tenía MSPI (milk-soy protein intolerance, intolerancia a las proteínas de la leche y soya). Eso quiere decir que todo lácteo o soya que la mamá consuma, pasa a través de la leche al bebé, y como éste es intolerante a las proteínas, su intestino sufre. Generalmente es una situación temporal.

La solución a esta condición es “sencilla”: 1) que la madre no consuma lácteos ni soya, ó 2) alimentación con fórmula. Lactante empedernida, mujer terca, y con el instinto materno revolteado, yo opté por la primera opción. Al principio pensaba que no comer lácteos o soya implicaba dejar la leche de vaca, el chocolate, el queso y el tofu… que dicho sea de paso, son cuatro alimentos esenciales en mi dieta. ¡Qué ingenua! Como JuanFra no mejoraba, decidí empezar a leer los ingredientes de todo lo que metía en mi boca.  Y literalmente casi TODOS los alimentos procesados tienen proteína de leche (caseína y whey), o soya. Como si eso fuera poco, estas proteínas tardan hasta 2 semanas para salir del sistema de la madre, y otras 2 semanas para salir del sistema del bebé.

 Hacer todo el esfuerzo humanamente posible por “fabricar” leche de calidad para mi hijo, y no ver resultados inmediatos es devastador. La gente, bien intencionada, solía decir: “Si tu leche le está haciendo daño al niño, es mejor que no se la des. Menos trabajo para ti, y más saludable para el bebé”. Llegué a pensar que verdaderamente estaba maltratando al niño. Estaba envenenando a mi hijo y yo sólo era una mujer egoísta que quería satisfacer mi necesidad de ser “súper mamá”, sin tomar en cuenta las necesidades de mi hijo. Ese látigo firme con el que nos flagelamos por puro miedo e inseguridad fue la parte más difícil del proceso… Eso… y el HAMBRE eterna por mis opciones alimenticias tan reducidas. Pese a las inseguridades (y hambre), siempre tuve la sensación de que lo más apropiado era continuar dando el seno. Fue una intuición muy valorada y respetada por mi esposo y mi pediatra, dos grandes pilares para lograr mi objetivo de lactar exclusivamente.

 JuanFra siguió presentando rastros de sangre en el pañal por muchos meses más*. Pero como seguía desarrollándose muy bien, la gastroenteróloga nos dio la “autorización” de “ignorar” la sangre. Los beneficios  de la lactancia superaban los riesgos. Especialmente a los niños que podrían padecer de alergias en el futuro.

Lacté a JuanFra por un año y cinco meses, cuando él perdió el interés y yo sentí que había cumplido mi misión. No presentó ninguna reacción adversa al tomar leche de vaca, y hasta el momento ninguna otra alergia. Tenemos un lazo muy fuerte que nos hace cómplices. Eso se lo debo a la lactancia. Un proceso cuesta arriba en el que valió la pena todo el esfuerzo. Sí, es mucho esfuerzo. Pero no quiero ser recordada y mucho menos admirada por “todo lo que se sufre en la maternidad”. Me rehúso a ser madre “abnegada y sufrida”. De hecho, con todo y esfuerzo, me he disfrutado cada paso de esta etapa. Sí, me tocó privarme de ciertos alimentos de mi preferencia, pero dada a la importancia que para mi tenía dar el seno, no los sentí necesarios. El placer por los alimentos pasa (¡temporalmente!) a un segundo plano. Prefiero ser recordada como una mujer coherente y constante en la lucha por las cosas que considera importantes. Creo que esa es una de las claves en la maternidad: Poner la energía en las cosas que verdaderamente son importantes para nosotras. En mi caso fue la lactancia. No siento la urgencia de dar explicaciones, ni excusas, ni hacer una lista de los beneficios de la leche materna cuando me preguntan las razones por las que he tomado esta decisión de entrar en una dieta inflexible para poder lactar. Sencillamente digo: “Es importante para mi”. Y ese “argumento” es suficiente.  

… Dos años y 8  meses más tarde…

No fueron necesarias las visitas a la sala de emergencia, ni las eternas consultas a Dr. Google. Sólo bastó una llamada telefónica: “Dra. Molina, le habla Laura, la mamá de Juan Francisco y Josué. Tengo la sospecha de que Josué tiene intolerancia a la proteína de la leche y de la soya”… Y la historia vuelve a empezar. Pero esta vez sin látigo… y con un mejor libro de recetas… 

*Hay niños con MSPI que durante el primer año nunca dejan de manifestar síntomas ya sea con leche materna de madre a dieta, o con la fórmula más hipoalergénica del mercado (¡gracias Dr. Google!). Otro detalle que recientemente descubrí es que muchas de las primeras vacunas están cultivadas en caseína (¡gracias Wikipedia!). Es decir, que cada dos meses existe la posibilidad de que se inyecten dosis mínimas de proteína de leche. Esta NO es razón para no vacunar, pero es bueno tener la información, para que si se ven los síntomas no tengamos que volvernos locas pensando en qué rayos comimos. Por cierto, hay soya en algunas vitaminas pre-natales ;)

Yanet Olivares, IBCLC
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